No entraré a contextualizar la situación, ya todos sabemos que muchos han llegado al mundo del teletrabajo por la puerta exprés, por la necesidad de una situación excepcional. Esa excepcionalidad podría transformarse en una forma de “gran laboratorio” que se convierta en definitiva cuando recuperemos la “normalidad” (si es que eso existe) y que se acabe implementando, como NUEVA MANERA DE HACER.

Pero visto lo visto, permítanme que lo dude. Por experiencia.

Llevo utilizando Nuevas formas de Organización del Trabajo (NFOT) desde hace más de 15 años, y también llevo más de 10 años intentando, desde el aula y desde la consultoría, implementar procesos de cambio en otras organizaciones, ya que en pleno siglo XXI lo de “Ir a trabajar” ya sabemos que para muchos puede ser diferente.

Para implementar NFOT se requiere:

  • análisis,
  • tecnología,
  • cambio cultural,
  • y preparación,
  • así como unas nuevas reglas del juego.

Y ahora os pregunto: Que levante la mano quién puede ponerle la cruz a más de uno de estos elementos.

Las personas afortunadas marcaran la opción “tecnología”, y poca cosa más.

Y la mayoría diréis: no ha habido tiempo de poder establecer todos estos elementos con la dedicación y el rigor que se necesita. ¿Seguro?

Estos días, en las redes, hemos visto manuales, webinars, infografías, stories de Instagram, hasta parodias en TikTok sobre cómo, y cómo no, teletrabajar.

Ya sabemos que no debemos estar en pijama (las zapatillas están permitidas), que hay que poner límites, que hay que acondicionar espacios, e infinidad de brico-consejos para teletrabajar. Pero el teletrabajo es mucho más que eso: es otra manera de entender la acción de trabajar, de jornadas laborales y de presencialidad.

Lo vemos en las jornadas laborales, al eliminar desplazamientos y espacios de interacción social con los compañeros de trabajo ganamos tiempo al reloj, para poder invertir. Pero igual que tenemos unos límites horarios en el espacio de trabajo, ahora en el espacio home-office parece que han desaparecido, y la flexibilidad y la autoorganización se han transformado en jornadas de trabajo extensivas.

Y qué decir del uso de las herramientas, donde han quedado las “reglas del juego”, seguimos llegando tarde a las reuniones por Zoom, seguimos dando todos los buenos días, no cerramos el audio en 1h de reunión, ni la cámara cuando quizás no es necesario, ni nos preparamos el orden del día, o ni lo pedimos….

Ahora que podíamos empezar de 0 con una nueva metodología, generando dinámicas más efectivas seguimos repitiendo los mismos errores. Al menos la dimensión virtual nos permitía hacerlo de otra manera, pero seguimos igual…

Cuando en clase preguntaba hace 20 días “¿Cuántos de vosotros podéis hacer el 80% de vuestro trabajo en casa o en una playa con conexión a internet?”, más del 70% levanta la mano. Y cuando pregunto “¿Cuantos de vosotros habéis dicho alguna vez: una mañana en casa me cunde más que dos días en la oficina?”, otra vez más del 70% vuelve a levantar la mano.

Era un indicador de que algo estábamos haciendo mal. Pero ahora, cuando muchos de este 70% están en casa, si les preguntara: “¿Cuántos de vosotros estáis trabajando más y peor de lo que trabajabais antes?”,  más del 70% volvería a levantar la mano, y es que estamos haciendo algo mal.

Quizás estamos llamando teletrabajar a algo que realmente no lo es. Quizás tendríamos que cambiarle el nombre a lo que estamos haciendo ahora. Porque visto lo visto, cuando regrese la “nueva normalidad” nadie va a querer teletrabajar.

 

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